Cañonazos de aviso… Teléfonos de fortines.

Por Lis Solé.

Cuando visitamos pueblos vecinos se ven plazas y paseos custodiados por  cañones de campos y fortines que como grandes bastiones del pasado reflejan una época lejana y casi sin historia conocida. En Veinticinco de Mayo, Saladillo, Azul o Tandil están esos cañones… En General Alvear, a pesar de existencia de los fortines y las grandes estancias, no ha quedado ninguno.

Dónde están esos cañones de aviso de los fortines y estancias?

El Fortín Esperanza creado en 1853, hoy General Alvear, estaba ubicado como explicaba el mayor Noguera, entre Tapalqué y Veinticinco de Mayo, a media legua de la estancia de Cascallares.

Era chico, cuadrado, de apenas 52 metros cuadrados donde se podían alojar cincuenta hombres. Tenía un baluarte en un extremo, con dirección a la entrada de los indios que era por la costa del Arroyo Las Flores con dos piezas destinadas a la comandancia, un pozo de balde,  otra pequeña pieza para cocina, un mangrullo para descubrir el campo, un puente levadizo y un potrerito.

La guarnición inicial era de un alférez, diez hombres de caballería y cinco infantes. Todos ellos en el medio de campo, casi sin ropas y sin más munición que un paquete de cartuchos para cada uno y en mal estado. Dos de los soldados tenían dos carabinas inútiles y dos fusiles, tres sables y… un cañoncito con 10 tiros de metralla y veinte a bala.

El objetivo de los fortines era proteger los establecimientos vecinos pero imposible con tan pocos hombres y artillería. En épocas donde era impensable la telefonía celular, la única manera de comunicarse a la distancia era con los cañones y su cuidado, una de las grandes preocupaciones porque perderlo era muerte segura. Su ruido ensordecedor asustaba a los indios pero principalmente, avisaba a los pobladores del peligro del malón. Se los cargaba por la boca y al disparar, cañón y soldado quedaban envueltos en una nube de humo hacia donde se dirigían los indios pues recargar llevaba tiempo.

Así como estaban dadas las cosas en las épocas fortineras, debía privar más el ingenio que la artillería y los cañones fueron el medio de comunicación más usado. Cuando se observaba movimiento de indios, se efectuaban algunos disparos que eran escuchados desde las estancias cercanas y fuertes, los que a su vez también efectuaban disparos, despertando la atención y movilización de toda la línea de frontera.

En 1857, Félix Haedo y el comandante del Fuerte Esperanza, Juan Agustín Noguera, envían una carta al Juez de Paz de Tapalqué explicando el desastre de la invasión india “del 25” cuando las tropas de Calfucurá se llevaron casi 700.000 cabezas de ganado y más de 200 cautivas. Rudesindo Donato desde la estancia Las Flores de Tapalqué cuenta: “- El malón pudo efectuarse debido al gran silencio de la comunicaciones de aviso porque el que suscribe, no ha tenido aviso de tal invasión hasta las 7 de la noche y a las 10 de la noche, ya andaban los indios por las casas del pueblo mientras las desgraciadas familias descansaban sin el aviso que debían darle por medio del cañón o una generala... Pero nada hubo porque el Comandante LLorente decía que era alarmar a las familias sin reparar que mayor mal era el silencio”.

Algunas estancias tenían su propio sistema de defensa: el casco de la estancia Nueve de Julio de una manzana de extensión se encontraba a 7 leguas del Fortín Esperanza, cercada por un foso de dos metros de profundidad por tres metros de ancho que hacía imposible el paso de un caballo salvo que no fuera por el puente que podía retirarse en caso de peligro. Además tenía 5 piezas de artillería, 4 cañones y una culebrina.

Los cañones  de la Estancia El 9 fueron reemplazados con el tiempo y sólo se usaron para efectuar salvas en los días patrios, pero su cuidado y uso era delicado provocando hasta accidentes fatales. Así que “…dos de ellos fueron llevados al pueblo de General Alvear; los otros dos, se hallan en la entrada de la Estancia”.

A veces, el estruendo no llegaba hasta el siguiente caserío tal como lo prueba la nota del comandante de Guardias Nacionales de General Alvear, don Cornelio Andrade cuando en diciembre de 1875, solicitó al Juez de Paz de Saladillo un cañón que estaba en ese pueblo para colocarlo en la población de don Mateo Troncoso, estancia intermedia al Fortín Ciudadano para avisar en caso de invasión y llegar con el aviso necesario.

Siempre es tiempo aunque no se tenga mucho; siempre es tiempo de pensar en el crecimiento comunitario, en la ayuda que llega cuando se necesita, en el aviso en el momento justo para evitar sufrimientos. Por ahí, deberíamos tener a la vista esos cañones y haciendo buen uso de la viveza criolla tan mentada, realizar acciones para poner en valor todos esos objetos que muchas veces marcaron la diferencia entre vivir y morir. Ojalá se escuchen esos cañonazos de aviso: hacen falta unos cuántos para despertar…

Foto: A la derecha: Cañón de la estancia La Parva, probablemente del Fortín La Parva. Pesa unos 500 kilos y mide 1,50 metros. A la izquierda, cañón similar con su cureña (carrito para transportarlo).

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