La lenta y sostenida construcción del delincuente

“Es lindo acá. Estamos bien. Trabajamos y comemos”. La historia del pibe de la frase tiene 17 años

“Mi mamá no me quería, me regaló a mi abuela”, contó en los expedientes judiciales.

 “Es lindo acá. Estamos bien. Trabajamos y comemos”. La historia del pibe de la frase tiene 17 años. Esta es la última institucionalización después de un par más en el Centro Cerrado Leopoldo Lugones, de Azul, del que –incluso- no se quería ir, cuando la justicia le otorgó la domiciliaria. Toda una definición pero, al mismo tiempo, una denuncia contundente de un pibe que representa la metáfora de la construcción social y estatal de la figura del delincuente. Tiene 17 años y está alojado –después de su paso por el Lugones- en un centro de referencia de la provincia. Al que llegó, no tanto por los últimos conflictos con la ley penal que protagonizó, sino porque urgía una respuesta a los vecinos de Sierra Chica, partido de Olavarría, envueltos en un ataque de ira. Reclamaban el destierro de toda su familia de ese pueblo de casi 5000 habitantes fundado en 1882 junto con la cárcel definida alguna vez como “la cloaca” del sistema penitenciario. Hoy, en que el penal y la localidad cumplen 136 años, hay dos cárceles más que dan impronta identitaria, que cincelan el sistema de producción, el modo de pensamiento y que también gestionan las maneras y los mecanismos del delito.

Unas cuantas decenas de vecinos cortaron calles, encendieron gomas, sostuvieron el corte –por momentos total- por largas horas a pesar de que diluviaba, para que el chico, en el mejor estilo de las películas del oeste yanqui, fuera echado del pueblo. Reclamaron ante la policía, ante la fiscal, ante el juez. Se plantaron ante el mismo municipio. Gritaron. Se enojaron. No faltó quien pidiera incluso la muerte y no casualmente, algunos de los voceros de esa última pena definitiva, eran ex penitenciarios.
La historia del pibe no arrancó ahora ni el día previo al estallido social cuando él baleó desde una moto la comisaría del pueblo. Empezó 17 años atrás. O incluso mucho antes de que fuera gestado. En familias quebradas por las consecuencias atroces del capitalismo que siembra inequidades.

“Mi mamá no me quería, me regaló a mi abuela”, contó en los expedientes judiciales. La madre-abuela tenía en ese momento 60 años y dos años más tarde enviudó. Tiempo después, el pibe fue el testigo involuntario de la pelea entre sus dos tíos: uno de ellos, el que era su referente y al que por momentos define como su hermano y por momentos como su tío, murió. Sostenía un cierto contacto con su padre biológico pero ya a los 8 años cesó por completo: su papá fue detenido y desde entonces permanece preso.

Han sido desde siempre él y su abuela, que –con la angustia clavada en la impotencia- cuenta en los expedientes que “desde que falleció mi hijo comenzó con las causas” y también que “desde los 8 años se maneja solo”. Llegaron con el tiempo los consumos problemáticos: sobre todo, psicofármacos y alcohol en esa alegoría del dársela en la pera que implica caer desmayado y de bruces en las giras de sustancias y excesos con los que hacer frente a la angustia de vivir al límite de la fisura.

No ha podido sostener absolutamente nadaen su vida: ni la escuela, ni los talleres de los centros de referencia. “No me quedan las cosas. Me las olvido”, relata. Una vida sin deseo de mañanas porque no hay nada que lo enamore. En el Fuero Penal Juvenil se acumulan, una tras otra, 34 causas judiciales. Todas concentradas en el poblado carcelario. Que lo desea muros adentro de cualquiera de los penales porque lleva en la frente –así piensan los vecinos- la marca familiar del delito, de lo indeseable. Entonces lo quiere lejos: fuera del pueblo o dentro de una cárcel. Pero lejos.

Las pericias psicológicas lo definen como “transgresor” y “antisocial”. Y determinan que reclama permanentemente “que alguien haga algo por él”.

Unas horas antes de que lo detuvieran en el Lugones, un vecino enfurecido le clavó un destornillador en la pierna y el chico terminó en el hospital. “Si lo liberan y vuelve a Sierra Chica lo van a matar”, confiaron a APe fuentes judiciales.

Se armaron rondas de vecinos e institucionespara discutir consecuencias. Cuando hubo 17 años de oportunidades para que los ojos del Estado se depositaran sobre el pibe de un modo diferente al del desprecio y la marginación. 17 años de oportunidades para que la sociedad dejara de verlo como un producto individual de una historia estrictamente individual de abandonos, de negligencias, de olvidos. Lejos de aquel tiempo en que un niño era el niño de todos y no un objeto al que acomodar en un estante y si no cuadra dentro de las medidas de ese estante será lisa y llanamente objeto de descarte y eliminación. ¿No es colectiva acaso la responsabilidad sobre el destino de los hijos de esta sociedad?

Casi la totalidad de las culturas han definido “el carácter sagrado de niños y niñas”, advierte Bustelo en “El recreo de la infancia” y plantea, al mismo tiempo, que “su muerte ha sido motivo central de ofrenda a los dioses”. Es ésa una tremenda alegoría de la vida del pibe de Sierra Chica. Aquel que, al decir de Agamben, constituye un niño sacer, según la vieja categoría del derecho romano. Es decir, si bien es in sacrificable, al mismo tiempo cualquiera lo puede matar (léase eliminar, desechar, encerrar, abandonar) quedando impune. Y, por lo tanto, no hay consecuencias. Ni jurídicas ni de las otras. Las mismas condiciones vitales del chico de Sierra Chica inhabilitan cualquier mecanismo jurídico, cualquier decreto, cualquier ley porque ellas persisten y no cesan.

“El futuro es la infancia y clausurarlo es aniquilar a la infancia”, escribe Bustelo. Por eso el gran interrogante que se hace y que se nos impone es “¿quién podría sustraerse a esa responsabilidad?”.

No es feliz que un pibe de 17 años sienta que “es lindo” estar recluido en una institución porque “trabajamos y comemos”. Es decididamente el fracaso más rotundo de la condición humana.

 

Por Claudia Rafael

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